Hay presencias que no necesitan decir una sola palabra para cambiarte el día. La de Oddie, por ejemplo. No importa si hace frío, si estoy de mal humor o si el mundo anda raro, él siempre está ahí: moviendo la cola como si fuera una forma de decir “todo va a estar bien”. No es perfecto, claro. A veces ladra de más, corre como loco o se roba una media sin razón aparente. Pero en medio del desorden que a veces puede ser la vida, él tiene esa capacidad mágica de hacerme reír con solo existir.
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Oddie no sabe de tareas, ni de relojes, ni de preocupaciones. Solo sabe de estar. De acostarse cerca, de buscar cariño, de seguirme con esos ojos redondos como si yo fuera su persona favorita en el planeta. Y quizás por eso lo quiero tanto. Porque no espera nada complicado de mí. Solo que esté ahí, como él está para mí. Tenerlo es un recordatorio diario de que la compañía verdadera no necesita palabras, solo presencia. Y Oddie, con sus patas cortas, su energía infinita y su cariño sin condiciones, es el ejemplo más bonito de eso.

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